Artículo de opinión de Sara Abella, Responsable de programas en EAPN-Galicia

Estigma, aporofobia, paternalismo, culpabilización de las personas en pobreza, vergüenza, rechazo… Todas, en mayor o menor medida, sabemos qué significan y qué implican estas palabras. Sabemos que tienen una connotación negativa, y sabemos a qué personas o grupos de población afectan especialmente.

Si además trabajamos, hacemos voluntariado o participamos en el ámbito de los servicios sociales y del Tercer Sector de Acción Social, comprometido con la lucha contra la pobreza desde sus causas y desde un enfoque feminista y de derechos, sabemos también lo difícil que puede llegar a ser deconstruir estos discursos y visiones de la realidad, tan erróneamente anclados en el ‘dale un mendrugo al pobre, que no puede pescar’, si se me permite añadir entradas al refranero popular.

Todo esto, que aquí solo ocupa dos párrafos, es el tema con mayúsculas de la pobreza y la exclusión social, y una de las principales razones por las cuales la lucha contra la misma no está siendo todo lo efectiva que debiera.

Por eso una línea básica de actuación en EAPN Galicia es la incidencia propositiva para disminuir al mínimo necesario la burocracia, o ‘violencia administrativa’, como la llaman las personas participantes en nuestros Seminarios de Participación. Y esta disminución pasa obligatoriamente por eliminar prejuicios que fiscalizan la pobreza, y criminalizan a la persona empobrecida.

Sabemos lo difícil que es, porque día a día trabajamos por desterrar estas palabras y dinámicas de nuestro imaginario y sustituirlas por otras. Pero a pesar de ser una batalla larga, de lentos avances, y a veces incluso marchas atrás, algo estamos consiguiendo.

Sin ánimo de frivolizar, sino de sacar el lado positivo: en una situación o crisis tan disruptiva como la que vivimos desde el año 2020, se encuentran también oportunidades para comprobar, a veces a la fuerza, que ciertos cambios no tienen por qué ser del todo negativos, y que incluso son beneficiosos.

En los últimos meses hemos podido demostrar y corroborar, por ejemplo, que el teletrabajo no significa menos productividad, que las nuevas tecnologías pueden facilitar muchos procesos burocráticos haciéndolos más simples y rápidos, y, sobre todo, que, con verdadera voluntad, se pueden poner las instituciones al servicio de las personas.

Como decía, algo estamos consiguiendo, y es que nada más lejos de la realidad, fue entonces, en el medio del caos, cuando en Galicia se implantó una medida contra la pobreza y contra el asistencialismo más estigmatizante: La Tarxeta Básica.

Se trataba de una propuesta que veníamos reclamando desde hace tiempo y que cobró sentido cuando la Administración Pública, tan burocratizada y difícil de poner en marcha en muchas ocasiones, necesitaba dar una respuesta realmente rápida y de emergencia a las necesidades más básicas de la ciudadanía.

Se trata de una prestación económica, con duración de tres meses, destinada a la compra de productos de alimentación, higiene y farmacia, que se dispensa en forma de tarjeta de débito y que se recarga automáticamente mes a mes, según la cantidad otorgada, que varía entre los 450€ y 900€ totales, en función de la composición de la unidad de convivencia.

Uno de los avances más destacables, es que desde que la persona solicita la tarjeta en los servicios sociales municipales, donde la profesional de referencia utiliza el mecanismo de la prescripción facultativa para su concesión, hasta que la tiene en su mano lista para usar pasan tres días, ¡tres días nada más!.

Con ella las personas en situación de pobreza, que no tienen acceso a otro tipo de prestaciones o rentas mínimas, no tienen por qué ponerse en largas filas esperando recibir un paquete de arroz y otro de macarrones, si no que van a esa misma tienda de barrio, supermercado o farmacia a la que vamos tú y yo.

La que no sale en la prensa bajo titulares lastimosos, y a la que vamos con la cabeza bien alta, sin avergonzarnos, y donde, sobre todo, podemos elegir qué productos metemos en nuestra cesta, algo que no debería sonar revolucionario, ni causar revuelo alguno.

Prestaciones como esta no solo luchan contra la pobreza, sino que también eliminan desigualdades. Y en esta línea debemos seguir, en EAPN Galicia y en todas las entidades sociales que nos encontramos en las causas comunes, más allá de los colectivos, que estamos convencidas de que el trabajo constante en la defensa de los derechos, desde la dignidad y la participación de las verdaderas expertas, son la clave para la erradicación de la pobreza, la exclusión y la desigualdad.

Por nuestra parte, desde EAPN Galicia, seguiremos trabajando porque medidas de este tipo mengüen las colas del hambre, y se consoliden como un medio, un puente de entrada a procesos de inclusión y de garantía de ingresos, con rentas mínimas, dignas y accesibles. Este es nuestro mensaje de ánimo, en tiempos de fatiga pandémica: algo estamos consiguiendo.

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